
Nada es como antes. Carlos Varela, los sueños y el reloj de arena
Fotos: Olivia Prendes
Texto: Larry Martínez
Intentar describir la experiencia de la música en vivo es siempre muy difícil, pero si se trata de una presentación de Carlos Varela, el esfuerzo puede resultar estéril. En estos casos, a la adrenalina que es común en este tipo de jornadas, se agrega cierta mística, cultivada por décadas de oficio sobre el escenario.
Sucede que en los conciertos de Varela siempre han coexistido la energía, el dolor, la nostalgia, pero también la esperanza, en una suerte de alquimia que el artista ha logrado condensar de una manera inequívocamente propia.
Mucho antes de las redes sociales, los móviles y las transmisiones en directo, estos eventos fueron considerados por muchos como verdaderos espacios catárticos, casi venerados; de ahí que la convocatoria por lo general incluía, además del público habitual del cantautor, a fuerzas del orden policial. Por supuesto, esta circunstancia solo aumentaba la atracción por ser parte de esas noches mágicas, casi prohibidas, en donde se cantaban y gritaban cosas que el resto del año no rebasaban los límites, si acaso, de alguna mesa de dominó; nutriendo de hazañas, anécdotas e historias nuestra memoria colectiva.

Pero no estamos en La Habana y el Teatro Eslava, ubicado a escasos metros de la céntrica y populosa Puerta del Sol madrileña, tampoco ofrece demasiadas conexiones con Cuba, mucho menos la fría lluvia que durante días viene azotando Madrid y diversas regiones de España. En cambio los abrazos, sonrisas y saludos que comienzan a propagarse por sus pasillos y su sala de conciertos, tampoco sugieren que estemos a demasiada distancia de la isla; o tal vez sea cierto que Cuba no es solo un espacio físico, que se añora fuera y dentro de sus límites geográficos.
En cualquier caso, todas estas divagaciones mías se interrumpen cuando, tras el apagado de las luces, el anfitrión de la noche comenzó su particular contraataque al mal tiempo y no precisamente el madrileño. Llegaban así, coreados por todos los presentes, “El niño, los sueños y el reloj de arena”, “Muros y puertas” y “Como los peces”.
Venía Varela para presentar su más reciente álbum, “Nada es como antes”, lanzado a finales de 2024 en diversas plataformas digitales y por supuesto, para compartir sus clásicos de siempre. En esta ocasión traía una banda a la que no le sobraban elementos, conformada por un bajo y un drums muy eficientes, comandados por el piano talentoso de Yoyi Lagarza; mientras que Carlos en la guitarra no requería mayores asistencias que la de sus propios arpegios y acordes.
Contaban además, con un poderoso apoyo visual, que le permitía al público prácticamente ver las canciones, o sumergirse en ellas, mediante evocadoras imágenes que se proyectaban en la pantalla del teatro; precisamente durante el tema “Como los peces”, crearon una de las atmósferas más hermosas y emotivas de la noche.
Hablaba Varela de Cuba y las circunstancias en las que surgió su nuevo álbum, a medio camino entre La Habana y Madrid, ciudad en la que reside hace un par de años. Al respecto no evita las comparaciones con sus trabajos anteriores, más bien las provoca; fundamentalmente con su disco más aclamado, “Como los peces”, nacido a la luz de una vela, según comentó el artista, en un contexto de crisis similar a la que actualmente vive nuestro país.
Tocó entonces el turno a una de las nuevas creaciones, “Demasiado tiempo”, una pieza que bien pudiera posicionarse junto a las imprescindibles del repertorio del artista. Con muy poco, logra decir muchísimo en este tema y numerosas gargantas lo acompañaron dando fe de ello.
Llegaba después un rejuvenecido “Graffiti de amor”, que dedicó especialmente a las madres de los presos del 11 de julio. Sobre esta, el artista comentó que hay canciones que nacen, mueren y otras que resucitan, aunque no creo que ninguno de los presentes haya dado por muerto nunca este himno.
De esta manera, fueron sucediéndose canciones emblemáticas, como “Siete” o la antológica “Foto de familia”, entrelazándose con las recién llegadas. Se disfrutó de forma muy especial la ingeniosa versión jazzeada de “Lucas y Lucía”, que contó con la trompeta ensordinada de Julio Rigal y los gritos emocionados del creciente número de tocayos que le surgen a este tema. En ese instante no me quedaba claro si Varela vino a cantarnos, o más bien a escucharnos.
Y se cantaba en el Eslava, pero también se bailaba, con los sonidos propios del pop y la disco de “Libre”, o el cadencioso ritmo de “Elefantes”, con invitados también del patio, como el experimentado Yuri Nogueira en la percusión y Joao del Monte, quien puso su voz y una buena dosis de energía, con la que siempre acompaña su propuesta escénica el joven artista, radicado en Barcelona.
De esa manera, se superó cualquier duda sobre la favorable respuesta de este tipo de tracks, más bailables, con los que Carlos se expone al Varela que cada uno de nosotros cree que debería ser y por supuesto nunca faltan, los que prefieren escucharlo sentados.
Tal vez para esos, irrumpió “Habáname”, una canción que se le ha ido añejando en la garganta, superando los filtros del tiempo, con la que recordó al eterno Pablo Milanés.
Más tarde amagaba con finalizar la jornada mediante la agridulce “Telón de fondo”, que le sirve para incluir fragmentos de “El humo del tren” y “La política no cabe en la azucarera”.
Tras el falso cierre, que pocos creyeron, volvió con “Tu alma y la mía”, otra del último álbum, que nos muestra una versión más íntima y por qué no, tierna del artista, que también está presente en parte de su obra.
Entonces ahora sí, marcaba el cierre definitivo dándonos la bienvenida a “La feria de los tontos”, material que publicó hace unos pocos años, junto a Sweet Lizzy Project, pero que no pertenecía a ningún disco. Por supuesto, algunos temas icónicos se le quedaron trabados en el diafragma a más de uno, sin poder salir; pero probablemente el artista los consideró menos conectados con la dramaturgia diseñada para la ocasión, sumado a que es natural que esto le suceda, tras varias décadas colocando canciones en la memoria de distintas generaciones.
Lo cierto es que la compleja y dolorosa realidad cubana, venía ofreciendo casi desesperadamente, razones suficientes para un nuevo disco de Carlos Varela. Daba para uno doble creo, al estilo del “Blonde on blonde”, de su admirado Bob Dylan; pero Carlos optó por un álbum breve, pegajoso, cargado de reflexiones y también de ritmos, en donde se insertan textos de explícita temática social junto a otros más personales que hoy, pudimos comprobar de primera mano, cómo se sienten y escuchan en nuestras voces.
Nos queda entonces la sensación, de que aunque nada sea como antes, ni Varela, ni nosotros mismos; sus conciertos, de alguna forma y en cualquier parte, nos siguen emocionando igual.
