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Érase una vez el Grammy, la música cubana y unos tambores olvidados

Larry Martínez Díaz
Foto: Wikimedia

Fue un 23 de febrero, pero de 1978, en la 20.ª edición de los Premios Grammy, cuando por primera vez un músico cubano obtenía esta distinción. Hablamos de Mongo Santamaría, quien con su álbum Dawn (Amanecer) conquistaba el premio a la Mejor Grabación Latina.

Esta categoría de hecho, se había creado 2 años antes, como un reconocimiento ya ineludible por parte de la Academia a la llamada música latina y Mongo había sido nominado en ambas ediciones, por sus trabajos discográficos Afro-indio y Sofrito.

En esta oportunidad, la vencida, también optaban por el premio músicos de la talla de Tito Puente, Ray Barretto, Eydie Gormé & Danny Rivera y un viejo conocido de Santamaría, el también cubano y poco recordado Francisco Raúl Gutiérrez Grillo, “Machito”, quien presentaba Fire Works junto a Lalo Rodríguez (Lalo es el mismo que años más tarde rompía la pista y los corazones con su Ven, devórame otra vez).

Para que se tenga una idea del panorama sonoro imperante en aquella ocasión, el premio a Grabación del Año lo conseguía el recién inaugurado Hotel California, interpretado por The Eagles, John Williams conquistaba las categorías de Mejor Composición Instrumental y Mejor Banda Sonora Original por Star Wars (La Guerra de las Galaxias) y la Canción del Año corría a cargo de Barbra Streisand, coautora de Evergreen, la conocida canción de amor del film Nace una Estrella.

Resulta curioso que para muchos cubanos no nos resulta ajeno el nombre de Tito Puente y mucho menos el de Barbra Streisand, cuyo rostro se repite en nuestra programación televisiva cada verano, alternando con Kris Kristofferson o Robert Redford; algunos incluso durmiendo, podemos tararear el solo de guitarra de Hotel California, pero a muy pocos les suena familiar el nombre de Ramón, “Mongo”, Santamaría Rodríguez, hijo del barrio habanero de Jesús María y tal vez el percusionista que con mayor eficacia insertó nuestros ritmos en el mercado internacional.

Sin embargo Mongo no es un referente visible para los cubanos que residen en la isla, ni tampoco para los que integran la cada vez más creciente diáspora. Lo primero parece tristemente comprensible, ya que este inigualable tumbador cosechó la mayor parte de su éxito fuera de Cuba; lo segundo también, porque contrario a lo políticamente aconsejable, no se alejó del todo de ella.

Lo cierto es que Mongo Santamaría era mucho más que un buen bongosero cuando  a finales de los años 40 decidió establecerse definitivamente en New York, tras una temporada en México. Su curriculum ya registraba entre grabaciones o presentaciones en vivo, trabajos con los Lecuona Cuban Boys, Chano Pozo, la Sonora Matancera, el conjunto de Miguel Matamoros y por si fuera poco, fue reclutado por Arsenio Rodríguez, en los tiempos en que el “ciego maravilloso” creó su segunda agrupación.

En E.U.A compartió con las principales figuras de la escena neoyorkina en la década del 50, conformando un binomio con Tito Puente que dejó discos memorables para la percusión afrocubana; pero fue junto al vibrafonista Cal Tjader, que consiguió su mayor éxito, en San Francisco.

Se debe reconocer que el llamado jazz afrocubano, o cubop, que tuvo como antecedentes los arreglos de Machito y sus Afro-Cubans, así como el encuentro mítico entre Chano Pozo y Dizzy Gillespie, no había alcanzado una difusión masiva fuera de la comunidad latina o los circuitos del jazz propiamente. Fue durante este período, con la fuerza de Mongo y sus tambores, en compañía del bongosero y timbalero Willie Bobo, que se captó una mayor audiencia, condicionado sin dudas por los prejuicios raciales de la época y el alcance mediático más amplio de un músico blanco como Tjader.

Entonces Santamaría realiza un viaje digno de un salmón, regresando a La Habana en 1960, para grabar 2 discos; uno enfocado en toques y cantos religiosos y el segundo volcado a sonoridades bailables. Para estos trabajos contó con la participación en las voces de Merceditas Valdés y Carlos Embale, junto a un grupo de estrellas cubanas del momento, como Andrés Echevarría, El Niño Rivera, en el tres.

Ya de regreso a los Estados Unidos comienza a desarrollar proyectos propios, adentrándose explícitamente en los sonidos del jazz y aglutinando a importantes figuras, entre ellas el flautista Hubert Laws, el trompetista Marty Sheller, junto a futuras leyendas del género, como los pianistas Chick Corea y Herbie Hancock. A este último corresponde la autoría de Watermelon Man, una obra que con los arreglos de Mongo, permaneció seis semanas en la lista de los diez temas más escuchados de Estados Unidos en 1962; mérito que resulta secundario si se valora además la trascendencia de este clásico para futuras sonoridades y ritmos bailables, como el boogaloo, o del propio latin jazz.

Es en esta década que Mongo Santamaría penetra de lleno en el mercado anglosajón, explorando las posibilidades rítmicas del soul y el R&B, mientras consolida una fusión cada vez más natural con las percusiones cubanas. Comienza así a realizar particulares versiones de piezas comerciales de James Brown, Otis Redding, o The Temptations y el crossover también alcanza a los éxitos pop Day Tripper, de The Beatles y el (I Can´t Get No) Satisfaction, de The Rolling Stones. Incluso los sonidos más pesados de Iron Butterfky, con su In-A-Gadda-Da-Vida tampoco escaparon a sus jugosos arreglos.

En esos días por cierto, no se limitó a realizar las novedosas relecturas de estos temas, ya que además comenzó a incluir en su repertorio piezas originales, influenciadas por todos estos sonidos. Un estudio profundo de este período permitiría valorar su real aporte a la base rítmica del funk, o del jazz fusión, impulsado por Miles Davis en los años 70 y ni qué hablar del exitoso latin rock de Santana, que contó con los servicios de

Armando Peraza en las congas, uno de los más cercanos amigos y colaboradores de Mongo Santamaría, en diversas etapas de su trayectoria.

Por otro lado, como también fue precursor de los ritmos latinos, entonces de moda, resulta lógico que fuera fichado por los ejecutivos de la Fania Records, para legitimar esa suerte de marca comercial, etiquetada como “salsa”. Por ello representó a la “vieja escuela”, en el histórico concierto en el Yankee Stadium de New York, en 1973; que reunió a las más importantes figuras del momento y que curiosamente, fuera suspendido durante un explosivo mano a mano entre Mongo y Ray Barretto, que impidió a los anfitriones controlar la seguridad del lugar, ante la euforia desatada por los asistentes.

Entonces, era cuestión de tiempo, que una vez creado el Premio Grammy a Mejor Grabación Latina, este cayera en las poderosas y siempre bien acompañadas manos de Mongo Santamaría; que en esta oportunidad contaba, como casi siempre, con un elenco de lujo, en el que figuraba el también cubano y percusionista, Julito Collazo y el mismísimo Rubén Blades hacía los coros en el tema que da título al disco.

Sin embargo, poco o nada se habla de esa noche histórica para nuestra música, o de los numerosos logros que continuó cosechando en las siguientes décadas. Tampoco suelen hallarse con facilidad referencias de sus viajes y actuaciones en  Cuba, posteriores a 1959, confirmadas por escasos testimonios y pendientes de reseñar.

Evidentemente, para la comunidad cubana radicada en el exterior, resultó  difícil destacar la obra y la vida de un artista que no realizó declaraciones incendiarias con relación a Cuba. Por su parte, desde la isla, tampoco se consideró saludable reconocer los méritos de un creador radicado fuera de nuestras aguas jurisdiccionales, así se trate de uno de los más trascendentes embajadores de nuestra cultura en el mundo y el primer músico cubano en romper el hielo, o los cueros, en una gala de premiación de los Grammy.

Aunque esta última afirmación, como casi todas, tampoco contenga un cien por ciento de veracidad. Dos años antes, detrás del triunfo histórico de Eddie Palmieri en estas lides, con su álbum The Sun Of Latin Music, también hubo presencia cubana. En medio de una constelación, encabezada por el propio Palmieri, se destacaron los arreglos novedosos e incluso polémicos del cienfueguero René Hernández; pero la historia también olvidada, de René y su piano, merecen su propio capítulo.

 

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